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sábado, 29 de septiembre de 2012

Monica Oltra, ASÍ SI, ..... OTRA POLÍTICA SI ES REALIDAD... GRACIAS MONICA




¿y tú qué opinas?

No hace tiempo, ya tuvimos múltiples 25S ....

Lo malo de no recordar la historia, es que se repite, se repite, se repite..... Siempre he recomendado mirar hacia atrás, y tomar nota.

¿Aprendemos del pasado?.......es la mejor manera de no repetir los errores en el futuro....

...¿y tú qué opinas?...



pié de foto: Secuencia fotográfica de la lucha entre polícias y trabajadoras gallegas de la empresa Telanosa en la localidad de Redondela en Marzo de 1986. © 1986-2012, de Delmi Alvarez

Se pueden ver ésta y otras instantáneas en la siguiente dirección:

Portfolio Delmi Alvarez

Gracias al hombre del bar, Gracias a Alberto Casillas.... 25S y 26S







viernes, 28 de septiembre de 2012

una frase cada dia....

Se pierde uno el torrente, cuando se observa desde la tranquilidad de la orilla....

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Una frase cada dia...

La melancolía se enciende con la madera que queda del naufragio. Septiembre

Una frase cada día....

Si no puedes recordar lo que pasó, es que nunca pasó....

martes, 25 de septiembre de 2012

Una frase cada día.....

Siempre consigo lo que me propongo....


...si no consigo algo de lo que me propongo, me propongo superar el fracaso de no conseguir lo que me propongo....

....al superar el fracaso, de no conseguir lo que me propongo, estoy consiguiendo lo que me propongo.....

....por lo que siempre consigo lo que me propongo...

lunes, 24 de septiembre de 2012

Copia y pega: ¿Por qué lo pregunta?....

Hay cosas que siempre recomiendo compartir.....


Enlace original

¿Por qué lo pregunta? Todo es secreto

El proyecto de Ley de Transparencia nace con trampa: la posibilidad del silencio por respuesta

Las Administraciones no informan de cómo gastan el dinero de todos

Rajoy celebra un gol de España contra Italia en la Eurocopa, el pasado junio. / ALEJANDRO RUESGA

Los diputados que no tienen coche oficial disponen, anualmente, de una tarjeta con la que pueden abonar hasta 3.000 euros en taxis. Los parlamentarios no han de rendir cuentas de esos traslados y tampoco se sabe si alguno devuelve parte del dinero. Aunque no se conoce la cantidad exacta destinada a este fin, se sabe de la existencia de una partida para ello porque así figura en el reglamento de los diputados. La Mesa del Congreso se niega a revelar la relación y el coste de los viajes oficiales de los parlamentarios que paga la Cámara y que corre a cuenta del dinero público, de los impuestos, de los ciudadanos.

La Constitución marca el derecho de los españoles a la información, pero las Administraciones son, en demasiados casos, muy reacias a facilitarla. Acogiéndose a otras leyes o a simples “ese dato no lo tengo”, resulta muy complicado, a veces imposible, conocer cómo se gasta el dinero de los contribuyentes. El Gobierno ha presentado un proyecto de Ley de Transparencia que obliga a las instituciones a publicar contratos, subvenciones, ayudas, programas anuales y organigramas, entre otras cosas. Pero la inclusión del silencio negativo como fórmula de respuesta a cualquier solicitud de información sin, además, precisar su motivación, deja en manos de la voluntad de las Administraciones y los gobernantes que muchos secretos dejen de serlo. Estos son algunos ejemplos.

La web tuderechoasaber, que recoge solicitudes de información de ciudadanos, cuelga sin respuesta cuánto costó el viaje de Mariano Rajoy a la Eurocopa en Polonia el día siguiente de anunciarse el rescate financiero.

Diputados disponen de 3.000 euros al año para taxis que no justifican

Tampoco se sabe cuánto costó la auditoría que encargó la Xunta de Galicia para avalar la fusión de las cajas gallegas: un informe que auguraba beneficios a la caja fusionada desde el primer año, pese a que el banco resultante ha recibido 6.000 millones de dinero público y su futuro está en el aire.

En Valencia, la Mesa de las Cortes ha vetado una pregunta sobre los contratos públicos con una empresa que, según Esquerra Unida, gestiona el “amigo íntimo, que incluso compartía intereses familiares”, de un consejero.

En Nueva York es posible conocer las estadísticas de cada cirujano. Aquí es impensable acceder a los porcentajes de éxito de los médicos que operan en la sanidad pública. En Cataluña, por ejemplo, solo ocho de los casi 80 hospitales públicos están directamente gestionados por el departamento de salud de la Generalitat. El resto lo hacen fundaciones, entes o empresas públicas que no ofrecen datos de las remuneraciones de sus directivos, los contratos de consultoría o proveedores.

La Administración esconde, además, datos que, por ser documentos administrativos, deberían ser públicos, según la Ley de Régimen Jurídico de las Administraciones Públicas, que indica que “todos los ciudadanos” tienen derecho a acceder a los registros y a los documentos que obren en los archivos administrativos”. Aún así no se conoce la deuda con Hacienda de los clubes de fútbol, de la que solo se ha aportado la cifra global, o qué comunidades y Ayuntamientos se han acogido a determinados créditos, por ejemplo, del Instituto de Crédito Oficial. En España no se puede saber quiénes son los mayores deudores con la Seguridad Social, ni se facilitan datos actualizados de cuánto se ha ingresado desde que se puso en marcha la última amnistía fiscal, que sí se recoge en los informes de recaudación de la Agencia Tributaria. Ni pensar en desvelar quiénes y por qué cantidades han presentado esas “declaraciones especiales”.

Los coches oficiales de cada ministerio, los sueldos de los tertulianos o la remuneración de presentadores estrella de la televisión pública también parecen ser alto secreto. El numeroso patrimonio inmueble de las entidades públicas no está ni inventariado.

El coste del viaje al partido de la Eurocopa de Rajoy es un misterio

Desde el blindaje de todos los documentos de Asuntos Exteriores, no se pueden conocer por ejemplo, las relaciones de España con China, Japón y Filipinas entre 1975 y 1982, ni las gestiones en apoyo de empresas españolas para la construcción del AVE a La Meca, o su coste.

Un dislate destacable se vivió en Galicia. Un informe jurídico avaló un plan de legalización de 4.200 viviendas, la mayoría ilegalizadas por los juzgados. Cuando se le preguntó al presidente Alberto Núñez Feijóo (PP), por ese informe, respondió anunciando la solicitud de otro informe para saber si podía mostrar el primero. El resultado, nunca se supo. De momento, sigue siendo “secreto”. En Andalucía, gobernada por PSOE e IU, resulta imposible saber el índice de absentismo laboral de los trabajadores públicos.

En el País Vasco, de conocer los contratos, presupuestos e informes técnicos quizá se hubiera evitado la mala gestión de los recursos públicos invertidos en el Museo Balenciaga, que pasó de estar presupuestado en menos de cinco millones a costar cerca de 20. En Castilla-La Mancha, un contratista ha desvelado que el acuerdo de rescisión del contrato del hospital de Toledo, cuyas obras se han paralizado, tiene cláusulas de confidencialidad.

“¿El ciudadano normal y corriente no puede tener acceso a cómo se gasta y de qué forma el dinero público?”, preguntó hace unas semanas el juez del caso Urdangarin a una alta funcionaria de la Generalitat Valenciana. “No”, le respondió, porque, además, algunos contratos que la Administración firma con entidades o empresas (Fórmula 1 de Valencia, 20 millones de euros, por ejemplo) contienen cláusulas de confidencialidad. Con la Ley de Transparencia en marcha se podría haber evitado, o al menos destapado antes, la múltiple contratación de la Administración valenciana con la trama Gürtel.

El descrédito de la clase política es algo que ocupa a los ciudadanos y preocupa a los políticos. La transparencia debería aumentar la confianza en su gestión.

Imposible saber cuántas violaciones

El Ministerio del Interior no escapa de la opacidad. Al contrario. No ofrece, por ejemplo, datos oficiales de los asesinados a manos de ETA, apelando a la Ley de Protección de Datos, a pesar de que habitualmente, es el propio Ministerio quien identifica a las víctimas de los atentados. La lista global también es “secreta”.

Si alguien quiere saber cuántas violaciones se han producido en España, o cuántas malversaciones, o estafas bancarias o robos en joyerías y estancos, tampoco podrá, porque el anuario estadístico de delincuencia no ofrece esa información de forma desglosada. En EE UU, por ejemplo, esos datos son tan públicos que una inmobiliaria los ofrece en un mapa señalando los delitos cometidos en cada barrio para que el comprador de una casa sepa el índice de criminalidad que se registra en su nuevo distrito.

El Ministerio del Interior oculta, asimismo, el número de identificaciones que hace al año, tanto de inmigrantes como de españoles. El Sindicato Unificado de Policía (SUP) ha denunciado que unos 10 millones de personas son identificadas cada año por policías “a la caza” de cualquier ciudadano, principalmente jóvenes (porque pueden llevar hachís) o extranjeros (que pueden residir ilegalmente en España) para anotarse un “palote” en la exigencia estadística con la que aseguran son presionados.

También es alto secreto el coste de determinados despliegues policiales que deberían desvelarse, ya que se pagan con dinero público, de todos. Dos meses después y solo tras una pregunta formal de un senador, se supo que el dispositivo de seguridad que montado para la reunión en mayo del Consejo del Banco Central Europeo en Barcelona superó el millón de euros.

Copia y pega: Patente de corso, el cancer de la gilipollez...

Una vez más, Pérez Reverte da en el clavo. ¿Y tú qué opinas?.... Patente de corso El cáncer de la gilipollez XLSemanal - 24/9/2012 No somos más gilipollas porque no podemos. Sin duda. La prueba es que en cuanto se presenta una ocasión, y podemos, somos más gilipollas todavía. Ustedes, yo. Todos nosotros. Unos por activa y otros por pasiva. Unos por ejercer de gilipollas compactos y rotundos en todo nuestro esplendor, y otros por quedarnos callados para evitar problemas, consentir con mueca sumisa y tragar como borregos -cómplices necesarios- con cuanta gilipollez nos endiñan, con o sin vaselina. Capaces, incluso, de adoptar la cosa como propia a fin de mimetizarnos con el paisaje y sobrevivir, o esperar lograrlo. Olvidando -quienes lo hayan sabido alguna vez- aquello que dijo Sócrates, o Séneca, o uno de ésos que salían en las películas de romanos con túnica y sandalias: que la rebeldía es el único refugio digno de la inteligencia frente a la imbecilidad. Hace poco, en el correo del lector de un suplemento semanal que no era éste -aunque aquí podamos ser tan gilipollas como en cualquier otro sitio-, a un columnista de allí, Javier Cercas, lo ponían de vuelta y media porque, en el contexto de la frase «el nacionalismo ha sido el cáncer de Europa», usaba de modo peyorativo, según el comunicante, la palabra cáncer. Y eso era enviar «un desolador mensaje» e insultar a los enfermos que «cada día luchan con la esperanza de ganar la batalla». Y, bueno. Uno puede comprender que, bajo efectos del dolor propio o cercano, alguien escriba una carta al director con eso dentro. Asumamos, al menos, el asunto en su fase de opinión individual. El lector no cree que deba usarse la palabra, y lo dice. El problema es que no se limita a expresar su opinión, sino que además pide al pobre Cercas «que no vuelva a usar la palabra cáncer en esos términos». O sea, lo coacciona. Limita su panoplia expresiva. Su lenguaje. Lo pone ante la alternativa pública de plegarse a la exigencia, o -eso viene implícito- sufrir las consecuencias de ser considerado insensible, despectivo incluso, con quienes sufren ese mal. Lo chantajea en nombre de una nueva vuelta de tuerca de lo política y socialmente correcto. Pero la cosa no acaba ahí. Porque en el mentado suplemento dominical, un redactor o jefe de sección, en vez de leer esa carta con mucho respeto y luego tirarla a la papelera, decide publicarla. Darle difusión. Y así, lo que era una simple gilipollez privada, fruto del natural dolor de un particular más o menos afectado por la cosa, pasa a convertirse en argumento público gracias a un segundo tonto del culo participante en la cadena infernal. Se convierte, de ese modo, en materia argumental para -ahí pasamos ya al tercer escalón- los innumerables cantamañanas a los que se les hace el ojete agua de regaliz con estas cosas. Tomándoselas en serio, o haciendo como que se las toman. Y una vez puesta a rodar la demagógica bola, calculen ustedes qué columnistas, periodistas, escritores o lo que sea, van a atreverse en el futuro a utilizar la palabra cáncer como argumento expresivo sin cogérsela cuidosamente con papel de fumar. Sin miedo razonable a que los llamen insensibles. Y por supuesto, fascistas. Ahora, queridos lectores de este mundo bienintencionado y feliz, echen ustedes cuentas. Calculen cómo será posible escribir una puta línea cuando, con el mismo argumento, los afectados por un virus cualquiera exijan que no se diga, por ejemplo, viralidad en las redes informáticas, o cuando quien escriba la incultura es una enfermedad social sea acusado de despreciar a todos los enfermos que en el mundo han sido. Cuando alguien señale -con razón- que las palabras idiota, imbécil, cretino y estúpido, por ejemplo, tienen idéntico significado que las mal vistas deficiente o subnormal. Cuando llamar inmundo animal a un asesino de niños sea denunciado por los amantes de los animales, decir torturado por el amor sea calificado de aberración por cualquier activista de los derechos humanos que denuncie la tortura, o escribir le violó la correspondencia parezca una infame frivolidad machista a las asociaciones de víctimas violadas y violados. Cuando decir que Fulano de Tal se portó como un cerdo irrite a los fabricantes de jamones de pata negra, llamar capullo a un cursi siente mal a los criadores de gusanos de seda, tonto del nabo ofenda a quienes practican honradamente la horticultura, o calificar de parásito intestinal al senador Anasagasti -por citar uno al azar, sin malicia- se considere ofensivo para los afectados por lombrices, solitarias y otros gusanos. Sin contar los miles de demandantes que podrían protestar, con pleno derecho y libro de familia en mano, cada vez que en España utilizamos la expresión hijos de puta.

Enlace original

Una buena práctica...

Me aburro enseguida....

¿y tú qué opinas?.

domingo, 23 de septiembre de 2012

Copia y pega: Carta a ti, diputado....

Hay cosas, como siempre que quiero compartir.... También dejo el enlace original.


​​​​​Carta a ti, diputado: tú despediste a mi padre

Mi nombre es Yeray Calvo. Trabajo desde hace cuatro años como periodista en Público.es. Antes de ayer recibí una llamada de mi hermano. Raro, porque él no suele llamar muy a menudo. “Siento darte una mala noticia Yeray; han despedido a papá”, me dijo. Yo, señor diputado, no podía dar crédito (mira por donde, como los bancos, pienso al escribir esto. ¡Qué guasa!). No podía dar crédito, no porque no sea conocedor de la grave situación que vivimos, sino porque en el fondo, uno tiene la sana esperanza de que la mierda no te acabe salpicando.

Te escribo esta carta a ti (si me permite el tuteo), diputado, porque mi padre está, desde el martes, en la calle después de toda una vida trabajando. Cuando digo ‘toda una vida’ no es una forma de hablar. De niño, ayudando a mis abuelos a sacar el campo adelante. De adulto, como conductor de autobús en una empresa familiar valenciana. ¡20 días y a la puta calle!, me repito todo el rato. Jodida reforma laboral. Si al menos hubiera servido para algo, me digo. La indemnización ridícula que se llevará mi padre (cercana a 20.000 euros) después de años y años de trabajo dolería menos si supiera que, la reforma laboral, como nos dijeron, ha servido para crear empleo. ¿Pero qué digo? ¡Si por lo menos hubiera servido para detener la sangría de desempleados! Ni eso. De hecho, visto desde otro ángulo, diputado, quizás mi padre ha sido despedido debido a la reforma laboral. Todos sabemos que ahora echar a la calle a alguien te sale casi gratis y es la salida más fácil para cualquier empresa con problemas. De este modo, extiendo mi agradecimiento a ti, Mariano Rajoy, por tu gran contribución, por la parte que me toca, al despido de mi padre.

Si me permites quiero hablarte un poco de mi padre, diputado. Mi padre ha vivido siempre por encima de sus posibilidades. Sí. Se levantaba a las cinco de la mañana para preparar el autobús para una jornada de servicios concatenados. Comprobar que funcionaba el sistema de apertura de puertas. Poner en marcha el viejo motor diez minutos al menos para rodarlo y que ya no se calase durante el resto de día. Hacer algún apaño, ya sabes cómo son los coches viejos... siempre se estropea algo. Limpiar un poco, preparar los discos de las rutas y llegar a tiempo. Siempre llegaba a tiempo. Por algo se levantaba tan pronto (siempre ha sido un poco exagerado y obsesivo con estas cosas. Lo sé porque yo lo he heredado).

Diputado, yo he visto a mi padre, te lo prometo, trabajar dos meses seguidos sin disfrutar de un puto día de descanso. Lunes, martes, miércoles, jueves, viernes, sábado y domingo.  Lunes, martes, miércoles, jueves, viernes, sábado y  domingo. Lunes, martes, miércoles, jueves, viernes, sábado, y domingo. Multiplícalo por cuatro e imagínate trabajando. Es aburrido y cansado, como leer las líneas anteriores. Por ponerte un ejemplo, es como si tuvieras que ir al Congreso de los Diputados (sí, ese hemiciclo que a menudo veo vacío por la tele) todos los días, tuvieras que estar sentado (sin volante, eso sí) durante más de ocho horas al día, durante dos meses. La empresa va mal y hay que arrimar el hombro y apretarse el cinturón, pensaría para hacer tal salvajada. Ahora, el país está en ruina y tampoco veo a los señores diputados perder el sueño por ello, así que, visto lo visto, se tuvo que haber equivocado asumiendo toda la carga él solo.

Tienes toda la razón, diputado, mi padre ha vivido por encima de sus posibilidades. Lo ha dado todo por encima de sus posibilidades. Ahora está en la calle con 56 años y unas perspectivas en el mercado laboral más negras que la piel de Ana Mato o Francisco Camps. Por cierto, tengo un recuerdo especial para ti, Paco. También gracias a ti (espero que algún día leas esto) se ha podido fraguar el despido de mi padre. Si no hubieras arruinado el País Valencià como lo has hecho, sin las deudas a los colegios de la región, que a su vez deben pasta de las rutas escolares a las empresas de transporte, nada de esto sería posible. Por no hablar de mi madre, gran mujer, que un fatal día sufrió una trombosis y que a día de hoy, años después, sigue sufriendo las secuelas de todo aquello. De la puesta en marcha de la Ley de Dependencia, de la que tanto pasaste, Paco, me río. Con tu permiso. Tampoco es momento para hablar de mi hermano, diputado. Licenciado en derecho, máster, inglés, francés, alemán, italiano y valenciano. Tiene que buscarse un futuro fuera porque aquí no encuentra trabajo. Otro día te escribo sobre las perspectivas laborales de mi generación.

En un momento tan difícil como este, pensarás, es cuando uno debe recurrir a sus ahorros. Los tiempos de bonanza pasaron y culpa tuya es si no ahorraste lo suficiente de cara a futuros malos momentos, dirás. Como han hecho el Estado y los bancos, claro. Te va a hacer mucha gracia esto que te voy a contar, diputado. Te vas a descojonar, pero es que resulta que los ahorros de mi padre están en no sé qué movida de preferentes, que un día le vendieron (engañándolo como a miles y miles de afectados). Un buen día el encargado de una oficina de Bancaja de mi ciudad le recomendó a mi padre meter todos sus ahorros ahí. “Los podrás sacar cuando quieras”, le dijo.  Es normal que te entre la risa, si no son tus ahorros, resulta hasta graciosa tanta carambola fatal seguida. No sé si decírtelo, diputado, porque ya ni me vas a creer, pero es que mi abuela también metió parte de sus ahorros ahí justo antes de que estallara el problema. Hay que ver, ché, qué mala suerte...

Creo que ya me estoy extendiendo demasiado, diputado. Sé que tu tiempo es oro y no me gustaría hacértelo perder. Para terminar, sólo quiero decir que, a diferencia de Cristiano Ronaldo o de Esperanza Aguirre tras su marcha, yo no estoy triste. Estoy cabreado y profundamente decepcionado. Estoy cabreado con una clase política incompetente que huele a chamusquina y que dice merecerse los elevados sueldos que gana. Perdóname, diputado. Sé que no se debe generalizar pero es un momento jodido para mí. Sé que no todos los políticos son iguales y que de los ciudadanos depende, con su voto y con su protesta, saber encontrar a los pocos íntegros que valen la pena. Pero cabrón, cada vez lo ponéis más difícil.

Atentamente y para cualquier cosa, aquí me tienes


PSDT: Papá, eres un héroe jodido. Un jodido héroe. Ojalá pueda pensar lo mismo de nuestros diputados algún día