Buscar este blog

Mostrando entradas con la etiqueta Vejez. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Vejez. Mostrar todas las entradas

lunes, 10 de febrero de 2020

Mi padre pronto olvidará quién soy. Copia-Pega

Mi padre pronto olvidará quién soy. Así está cambiando nuestra relación

Nunca seré un hijo perfecto. Tampoco un padre perfecto. Eso ya no importa. Lo que más importa ahora es estar presente.
Me imagino a mi padre de pie en un pasillo largo. Sus recuerdos son las bombillas del techo. Las que tiene más cerca ya se han fundido. Las que tiene más lejos aún ofrecen algo de luz y calidez. Pero pronto se fundirán. Y, entonces, estará a oscuras. Así me va a olvidar.
La edad le ha pasado factura. Su piel, antes de color miel oscura, ha perdido su lustre y su vigor. Pasa menos tiempo en el parque, humillando a hombres musculosos y jóvenes elásticos con sus habilidades baloncestísticas (y su insistencia en vestir como si fuera a una expedición en el Ártico, independientemente del tiempo que haga). Sus hombros, antes lo bastante anchos como para cargar con la historia de nuestra familia, ahora están hundidos por cargas que ya no sabe ni describir. Su nariz sigue siendo tan típicamente armenia como siempre, pero sus ojos parecen ahora dos lagos lechosos. Ya no sé leer más allá de su superficie turbia y no soy capaz de comprender la confusión que tiene lugar en sus profundidades.
La furia de mi padre, que de niño me resultaba tan impresionante como terrorífica, ahora se ha atenuado. Impresionante cuando la descargaba contra los políticos que aireaban su discurso del odio en la televisión o cuando un adulto hacía alguna estupidez en la carretera. Terrorífico cuando era yo el que cometía una estupidez. No sé si era por su voz estruendosa o por sus puños, que dejaban grietas en la puerta de mi dormitorio. En la actualidad, casi siempre se traga su propia rabia diluida, por ejemplo, cuando no consigue atarse los zapatos o cuando se traba en cualquiera de los tres idiomas que antes manejaba con soltura.
“Ahora, casi siempre se traga su propia rabia diluida, como cuando no consigue atarse los zapatos o se traba en cualquiera de los tres idiomas que antes manejaba con soltura.”
Mi padre es un planeta en extinción y yo soy su luna, un testigo impotente de su destino. No puedo salir de la órbita. No soy capaz de dejar de escribir sobre la demencia con la que vive.
Olvida muchísimas cosas. Se olvida de ponerle la correa al perro cuando se van a dar su paseo matutino por el barrio. A veces no recuerda el camino de vuelta. Se olvida de poner a hervir el café cuando se prepara uno. O se olvida de que se acaba de tomar un café frío y se prepara otro. Se le olvida echarse leche a los cereales o viceversa. Se le olvida ducharse. Se olvida de mi edad, de mi cumpleaños y de que he pasado los últimos diez años trabajando con jóvenes y escribiendo.
Eso sí, nunca jamás se olvida de llamar capullo a Boris Johnson cuando lo ve por la tele.
Mi hermano y yo al principio quitábamos importancia a su enfermedad y sus síntomas. Éramos dos jóvenes que se querían mostrar despreocupados para no tener que afrontar la mortalidad de su padre. Han pasado ya casi diez años. Casi una década de desconcierto, paciencia silenciosa, horror, y risas descontroladas. Porque ver a mi padre tratando de salir del coche todavía con el cinturón de seguridad abrochado y agitándose como una carpa gigante es gracioso de narices.
Además de la tristeza y estas risas paliativas, he pasado incontables horas reflexionando.
He pensando en mis cualidades como hijo. Fui un cabroncete de joven y causé mucho estrés y vergüenza a mis padres: castigos y suspensiones en el colegio, drogas y peleas solo porque eso es lo que pensaba que hacían los hombres. He intentado enmendarme de adulto, pero ¿he sido suficientemente bueno? ¿He estado presente para él?
También he pensado en sus cualidades como padre. Después de veintitantos años esperando a que dejara de pasar hora tras hora apostando, por fin ha llegado el día. Ha olvidado cómo se hacían las apuestas. No es nada agradable. Me viene un regusto amargo al final de la garganta cuando me dice que no quiere que apostar sea parte de su día a día.
Por cada tarde feliz que pasamos en el parque o frente a la televisión animando a nuestro querido Manchester United había otras tantas tardes perdidas en las casas de apuestas. Cómo odiaba esas salas llenas de humo y luces fluorescentes que iluminaban hasta el último rincón con su brillo desagradable.
Estaba con nosotros en cuerpo, pero no en alma, con la mente pensando en probabilidades remotas, resultados y apuestas seguras. ¿Es posible estar presente cuando tu mente está en otra parte?
Ver películas juntos en nuestro estrecho salón era el remedio perfecto para su ausencia mental. Mi padre se tomaba en silencio su lata de Budweiser mientras la historia se desarrollaba ante nuestros ojos y nuestro gato Marley se estiraba bajo el calentador eléctrico.
Las películas que veíamos eran los recursos de enseñanza que empleaba mi padre para darme las lecciones de masculinidad que a él le habían dado décadas atrás. Aptitud física, poderío y fuerza. Como Wesley Snipes en Pasajero 57 y Arnold Schwarzenegger en Depredador.
La trilogía de Karate Kid era mi favorita con diferencia. ¿A quién no le puede gustar ver cuando Daniel LaRusso le hace la patada de la grulla a ese abusón rubio de ojos azules? ¿O al señor Miyagi derrotando a John Kreese sin lanzar ni un solo golpe y burlándose de él usando su nariz como un claxon?
Si conoces las películas, coincidirás en que la original es una obra maestra del cine y que la tercera solo el protagonista la considera buena. Sin embargo, la escena más importante y mejor rodada de la trilogía está a mitad de la segunda película. Me impactó en el pecho como un puño de Kobra Kai.
En esa escena, Daniel se reúne con el señor Miyagi en una playa de Okinawa, para consolar a su mentor tras la muerte de su padre. Daniel reflexiona sobre cómo afrontó la muerte de su padre, cómo se cuestionó si había sido un buen hijo y cómo al final, simplemente estando presente, sosteniendo la mano de su padre y diciéndole adiós fue suficiente. El señor Miyagi se queda mirando el océano, estoico al principio, pero a medida que oye las palabras de Daniel, sus ojos se anegan de lágrimas. La escena termina con Daniel rodeando con un brazo a su mentor, un momento tierno en el que se invierte la dinámica maestro-alumno.
“Fui un cabroncete de joven y causé mucho estrés y vergüenza a mis padres. He intentado enmendarme de adulto, pero ¿he sido suficientemente bueno?”
Pese a que apenas tenía la edad suficiente para ir andando hasta la tienda de la esquina para comprar chucherías, ya era un firme defensor de la idea de que los hombres no lloran. Evidentemente, aprendí esa estupidez de mi padre. También me perseguía un miedo obsesivo por la muerte. Me asustaba morir y estaba obsesionado con la idea de que mis padres también morirían algún día. Esa escena fue superior a mis fuerzas. Mis héroes en pantalla habían perdido a sus padres. Y yo también acabaría perdiendo al mío.
Recurrí a mi repertorio de trucos para no llorar. Me mordí el interior de las mejillas. Me clavé las uñas en las palmas. Reproduje el famoso gol de Eric Cantona contra el Arsenal en mi mente. Nada funcionó. Busqué a mi padre con la mirada en busca de un ejemplo de hombría y me lo encontré secándose las lágrimas de las mejillas. Durante un instante valiosísimo, acepté la tristeza que sentía sin avergonzarme.
Un día, reflexionando seriamente sobre la realidad de perder a mi padre e incapaz de encontrar la paz, volví a ver esa escena de la playa en YouTube.
Daniel tenía razón. Nunca seré un hijo perfecto. Tampoco un padre perfecto. Eso ya no importa. En el castillo decadente que es la mente de mi padre, el pasado ha quedado en ruinas. Lo que más importa ahora es estar presente: le ayudaré cuando me necesite para ponerle la correa al perro antes de dar un paseo y le pondré a hervir el café cuando no esté. Le recordaré que se eche leche en los cereales y que se duche antes de desayunar. Cada vez que me lo pregunte, le explicaré con paciencia que tengo 33 años y que ser profesor y escritor ya me aporta el dinero necesario para pagarme el alquiler. Sonreiré cuando se sorprenda con orgullo por ello.
Por la noche le preguntaré si le apetece ver una película conmigo. 

Este post fue publicado originalmente en el ‘HuffPost’ Reino Unido y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.

Fuente original: www.huffingtonpost.es

sábado, 19 de diciembre de 2009

Una señora se cruza en mi camino un viejo recuerdo aparece

Antes de acostarme, quería hablar de una de esas cosas, que hacen que eche de menos me mi grabadora.

Estoy llevando a cabo cambios en mi vida, proyectos, ideas, un futuro lleno de nuevos momentos me aguarda.

Hoy venía de hacer una compra rápida. Ya sabes, estas cosas que te hacen falta y vas sólamente a por ellas. Entre ellas unos plátanos.

Venía con mi aire taciturno, algo habitual en mi, con mis cosas en la cabeza, mis planes, y de repente mi mirada se desvió a la izquierda, una de estas puertas que no suele estar abierta, o que yo, por lo menos, nunca me había dado cuenta de que algo podría haber allí dentro.

La acera está rodeada de casas de todas las alturas, pero esa manzana son especialmente viejas compuestas de bajo, o como máximo una altura. Un antiguo ultramarinos, no tuve tiempo de mirar mucho, ya que dos zancadas y ya te salías del umbral, pero aunque allí no me detuve, mi mente, o un trozo de ella, se ha allí, dominada por aquella escena.

Como decía, antiguo ultramarinos, y pequeño, y a lo sumo 4 cosas, pero mi vista se fijó en dos cosas. Primera la doña que estaba tras el mostrador, una doña ya mayor, bien entrada en sus años, con cara enjuta, llena de arrugas, por decír, no se, 80 años. Segunda unos plátanos que había sobre el mostrador.

Cuánto me ha hecho pensar esa señora y esos plátanos, y cuánto me han hecho sentir mis pensamientos, o ¿habrá sido al contrario?. En muchas ocasiones ya no le doy importancia, porque al final ¿qué importa?.

La doña estaba allí, un sábado por la tarde, cerca de las 7, desconozco que tipo de vida lleva, que ideas tiene, su futuro más cercano, que le preocupa, por qué estaba allí, si la tienda era suya, si no lo era, si tendrá familia, a alguien le importa, tendrá su pensión, alguien ha entrado hoy a comprar algo.

Yo podría haber comprado mis plátanos allí, ¿por qué compro en un gran supermercado?.

Me entró tal sensación de pena, todas mis preguntas sobre su vida, no tenían respuesta, y su imagen no me hacía presuponer nada bueno. Ella, seguramente, tenía ese negocio desde hace mucho tiempo, tal vez más del que yo llevo en esta tierra, y ahora, al final de su camino, no sabía o no quería o sabe dios que, hacer otra cosa.

Tal vez no había hablado con nadie en todo el día, tal vez ya no abrigaba esperanzas, para ella, la clientela ya hace mucho tiempo que se fue, pero ¿qué iba a hacer?, pues seguir abriendo su ultramarinos, malo será que algún vecino de su quinta no siga comprando su mantequilla casera.

Yo, podía haber comprado aquellos plátanos. No es que necesitara más, pero mi vista se quedó fijada en ellos, pude haber entrado, dar marcha atrás, y decirle, me los llevo, pero no lo hice.

Al entrar hubiera saboreado algo más de todo aquella atmósfera, y tal vez hubiera rellenado correctamente los huecos.

Pero no lo hice.

Me hizo recordar a aquel par de mecánicos, que allá por 1987, aun seguian regentando su taller de cambios de aceite. Taller de Franco y ..., no recuerdo ya, pero sus caras no las podré olvidar. Yo pasaba por su vera todos los días, de lunes a viernes de vuelta a casa, del colegio, nunca, en los dos años y pico que mi vida se cruzaba con la suya, nunca vi un coche dentro de ese taller. Supongo que uno de ellos era el tal Franco, tal vez llevaban juntos toda su vida como profesionales, su taller, siempre vacío, ellos con la mirada hacia la calle, me parecía que pedían a gritos, entren, entren, somos buenos, llevamos toda la vida con esto. Lo que no os he contado es que Franco y el otro, andarían de aquella por los 70 o más años, por lo menos esa era su apariencia externa, ancianos ancianos.

¿por qué no entraba nadie?, es que no confiaban ya en ellos, cómo se sentirían, cómo matarían el tiempo, qué significaría para ellos la vida, el levantarse, por qué luchar, para qué mantenerse en pie.

Supongo que se tendrían el uno al otro. Todo aquello ha desaparecido ya, doy por hecho que estarán muertos. Descansen en Paz.

¿y tú qué opinas?